Hace unos días corrí mi primera 10K (una carrera de 10 kilómetros, para los que sepan lo mismo que sabía yo hace 3 días). Si me lo hubieran dicho hace unos meses no me lo creería. Corriendo, pero del tirón eh. Con mi dorsal, la gente animando, música, nervios y toda esa parafernalia que hasta hace no mucho, para mí era un mundo desconocido.

Y por qué cuento esto aquí, si nada tiene que ver con este blog. Pues sí que lo tiene. No voy a convertir este artículo en una crónica deportiva porque tampoco quiero aburrirte con mi cara de sufrimiento. Pero terminar mi primera 10K me ha hecho pensar en algo que tiene bastante más que ver con este blog de lo que podría parecer: viajar para correr. O el running travel, que tiene hasta nombre.

Ahora, después de haber vivido una carrera desde dentro, creo que empiezo a entender a toda esa gente que se planta en Berlín, Valencia, Londres o Nueva York con una maleta llena de zapatillas para correr una maratón.

Hablemos de sensaciones.

¿De verdad te vas de viaje para sufrir?

Creo que esa era mi primera reacción cuando escuchaba a alguien que se iba a Berlín a correr una maratón, mientras en mi cabeza había más bien pintas de cerveza negra, qué te digo yo.

Pues resulta que una carrera no va solo de correr.

No te puedo explicar la sensación que tuve al cruzar la línea de meta. Llámame intensa o exagerada, pero es una mezcla de satisfacción y orgullo que no cabe en ninguna medalla.

Así fue mi primera carrera

Decía que no voy a hacer de esto una crónica deportiva y no lo va a ser, pero siendo este mi diario viajero, permíteme almacenar recuerdos.

El caso es que yo había entrenado más bien poco. Sí lo había hecho eh, pero no todo lo que hubiera necesitado. Para más inri, estuve toda la semana malísima con fiebre. El día de la carrera, es que no me lo quería perder y aproveché que la cosa había remontado un poco. ¿El objetivo? Empezarla, y hasta donde llegue, llegué. El día de antes, que fuimos a por los dorsales, yo veía mi futuro bastante negro.

Pues vaya que si llegué. Es que qué subidón. Me habían hablado del efecto carrera pero no conocía esa sensación ni me imaginaba lo que era. Para empezar, la salida es un espectáculo en sí mismo. Miles y miles de personas compartiendo un mismo plan, djs, fuegos artificiales, comentaristas…ambientazo.

Empecé con mi hermana y nos separamos en el segundo kilómetro, yo no quería forzar la máquina ni hacer que ella bajase su ritmo. Pensé empezar y cuando no pudiese más, hacer otro tramito andando, después volver a correr y así sucesivamente…pero es que no hizo falta.

El calor de la gente por toda la ciudad, ir por mitad de las carreteras que normalmente veo llenas de coches, mi ciudad con ese ambiente, cientos de pancartas animando a gente desconocida, niños en fila con la mano en alto para que les choques al pasar…¿Cómo te vas a parar? Es que ni lo piensas, ni te apetece. Es un venirse arriba constante.

Y llegué a la meta. Iba a decir que casi sin darme cuenta pero tampoco me las voy a dar yo ahora de atleta profesional. Hasta el kilómetro 8 bastante bien, después no veía la meta llegar pero era seguir y cuestión de tiempo.

mi primera carrera

Y como te decía antes, esa sensación de orgullo, de pensar…¡lo has hecho! es que te sube por dentro un no sé qué…que los límites te los pones tú sola vaya, por muy cliché que suene esa frase.

Que a todo esto no te he dicho qué carrera era: la carrera nocturna de Bilbao.

Aquí estoy, 2 días después con un dolor de rodillas que no había experimentado antes, pero con una medalla que voy a mirar orgullosa como si hubiera corrido una maratón.

El turismo deportivo también es una forma de conocer un destino

La carrera fue en mi ciudad, que también eso le sumó emoción, pero pienso en la cantidad de gente que había venido adrede de otras ciudades de España e incluso de otros países y jo, imagínate sentir lo que sentí yo al llegar, pero en otro destino, al que le sumas la sensación que se tiene cuando viajas. A mí es que me parece un combo espectacular. Una forma de recordar el destino con un cariño diferente.

Una carrera cambia una ciudad. Durante unas horas, la ciudad entera se convierte en parte del evento. Calles cortadas, gente animando, música en la calle…y eso es también otra forma de viajar.

Todo lo que hay antes y después

Que la carrera no es solo el día de la carrera. Es que te pasas un tiempo preparándola y si la haces con alguien, también es una manera de compartir un plan y un objetivo común. Estamos en octubre, y esta carrera fue mi regalo de la Navidad pasada. He entrenado poco, lo confieso, pero dime tú a mí cuándo iba yo a salir a correr con mi hermana.

Y también, es todo lo que pasa después. Es una excusa para viajar. Es que para un aficionado del running, una carrera es como para mí Eurovisión, que mirará cuándo es la próxima para elegir el destino de su viaje.

Llegas unos días antes, recoges el dorsal, mantienes una ilusión distinta, paseas por la ciudad, buscas un sitio donde cenar, intentas no pasarte con la pasta porque al día siguiente tienes una carrera, duermes lo que puedes, madrugas muchísimo y sales a correr.

Y después llega la parte importante: la celebración. ¿Cómo tiene que ser estar en un país diferente con el subidón de acabar una carrera? Porque supongo que para quien sea un plan habitual, no tendrá el dolor de cadera que tengo yo ahora mismo.

En resumen, que hay quien viaja por comer, por cultura, por fiesta o por historia, pero hay quien también viaja por deporte. Y chica, qué quieres que te diga, me parece una de las excusas más bonitas para subirse a un avión. ¿De aquí a la media maratón?

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