Mallorca tiene mucho más que playas de aguas turquesas. La isla combina pueblos de piedra en plena Serra de Tramuntana, pequeños puertos mediterráneos, ciudades con siglos de historia y rincones del interior donde todavía se disfruta de la vida a otro ritmo. Eso sí, para conocerla bien, hay que salir de Palma.

La mayoría de los viajeros aterrizan en el aeropuerto de Palma, lo que es ideal para conocer la capital antes de continuar hacia otros puntos de la isla. Su casco histórico invita a perderse por sus calles y plazas donde sentarse a tomar algo sin mirar constantemente el reloj. La Catedral de Mallorca domina el frente marítimo y es una de las visitas imprescindibles junto con el Palacio Real de la Almudaina, el paseo del Born y el castillo de Bellver. Tras esto, es momento de poner rumbo al resto de la isla.

Para los que prefieren conocer varios lugares sin preocuparse por organizar cada desplazamiento, la mejor opción es contratar un tour guiado privado como los de Mallorca Premium Tours. También existe la posibilidad de reservar un traslado desde el aeropuerto de Palma, algo muy práctico si se llega con equipaje o se quiere empezar a recorrer la isla sin depender de las conexiones de transporte público.

Valldemossa, el encanto de la Serra de Tramuntana

A poca distancia de Palma aparece Valldemossa, uno de esos pueblos que parecen hechos para caminar
despacio. Sus casas de piedra, las calles empinadas y las macetas que decoran las fachadas forman una
estampa muy reconocible de la Mallorca interior.

La Cartuja es su monumento más conocido y está ligada a la estancia de Frédéric Chopin y George Sand durante el invierno de 1838 y 1839. Más allá de la visita cultural, merece la pena recorrer el centro sin un itinerario demasiado cerrado y detenerse en alguna pastelería para probar la coca de patata, uno de los dulces tradicionales de la localidad.

Sóller y su puerto, dos formas de disfrutar del mismo destino

Sóller se encuentra en un valle rodeado de montañas y conserva un centro histórico con edificios modernistas, plazas animadas y comercios tradicionales. La plaza de la Constitución es un buen punto de partida para conocer la localidad y contemplar la iglesia de Sant Bartomeu.

A unos kilómetros se encuentra el Port de Sóller, una zona diferente, abierta al mar y con un paseo junto a la bahía. Aquí el plan puede ser tan sencillo como comer pescado, caminar junto al mar o sentarse a contemplar los barcos. El tranvía histórico que conecta el pueblo con el puerto añade un atractivo al recorrido.

Alcúdia y Artà, otra cara de Mallorca

El norte y el nordeste de la isla permiten descubrir una Mallorca distinta a la de la capital y los pueblos de
montaña. Alcúdia conserva un recinto amurallado que invita a pasear por su casco antiguo con calles estrechas y plazas donde hacer una pausa. En los alrededores, la bahía y las playas cercanas ofrecen espacio para terminar el día junto al mar.

Artà, por su parte, mantiene un ambiente más tranquilo y un centro con personalidad propia. Desde el pueblo se puede subir al recinto del santuario de Sant Salvador, situado en una elevación desde la que se contempla buena parte del entorno.

Para organizar las distancias, el transporte y las paradas, es importante tener en cuenta que Mallorca es una isla extensa y que las carreteras de montaña requieren más tiempo del que puede sugerir el mapa. Con una buena planificación, es posible combinar pueblos, patrimonio y costa sin convertir cada jornada en una carrera contra el reloj.

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